La exposición Cerámicas de los dioses muestra una serie de cerámicas precolombinas que provienen de diversas culturas y, por lo tanto, de lugares diferentes del continente americano. Tienen como denominador común que fueron hechas para acompañar a los muertos al más allá (ofrendas) y, de esta manera, dieron alabanza a sus dioses.

Son más numerosas las que provienen de la Zona mesoamericana (que comprende el actual México, Guatemala, Belice, El Salvador y el oeste de Honduras) que las de la Zona Intermedia (que comprende el resto de Honduras, Nicaragua, Costa Rica y Panamá) y que, finalmente, las de la Zona Andina (Colombia, Ecuador, Perú, oeste de Bolivia y norte de Chile y Argentina).

MESOAMÉRICA

Este término fue empleado por primera vez en 1943 por Kirchoff, que quiso definir este concepto para concretar una zona geográfica compuesta por varios estados modernos, de los cuales el mexicano es el más importante.

Encontró 43 rasgos culturales típicos de esta región, unos más importantes que otros, como son: el cultivo del cacao, los calendarios (de 365 y 260 días, que corresponden al calendario corriente y al ritual agrícola, respectivamente), la escritura (realizada la mayoría de veces con glifos ideográficos y fonéticos), los campos del juego de pelota, o la presencia de divinidades comunes, entre otros.

El hombre que vivió en estas tierras provenía de la parte central de Asia oriental, de donde emigró hacia el 3500 a.C. debido a las condiciones climáticas adversas que provocaron que el ganado que cazaba para poder vivir se marchase de estas tierras hacia el norte. Los hombres fueron tras este ganado, atravesando el estrecho de Bering, que en aquellos momentos estaba cubierto por el hielo y, por tanto, era más fácil de cruzar, y descendieron por la costa pacífica de América del norte, allí donde las grandes masas de hielo los dejaban pasar, y siguieron hacia el sur llegando a Mesoamérica. Posteriormente, continuaron hacia la zona intermedia y la andina, llegando hasta el extremo sur del continente americano. Esto lo hicieron en dos olas de poblamiento.

Estas inmigraciones representan un estadio de civilización muy primitivo que corresponde al Paleolítico europeo, pero con el tiempo llegaron a conocer el maíz y a cultivarlo (hacia el año 5000 a.C.), convirtiéndolo en el alimento básico de los pueblos de la América precolombina hasta nuestros días.

Esta circunstancia de descubrir la agricultura coincidirá en Mesoamérica con el desarrollo de la creatividad artística y, a su vez, de su religión. Son culturas agrícolas y, por tanto, la religión gira a su alrededor. El hecho de poder cultivar una serie de productos (maíz, calabaza, judía...) que constituían su alimento resultó como un milagro que, según ellos, sólo podía ser obra de fuerzas ocultas sobrenaturales, representadas por sus divinidades, que eran las que contribuían a que la cosecha fuese provechosa para todos.

Estos dioses de Mesoamérica son la razón de ser del hombre que vivía allí, que tenía la obligación moral de darles adoración con sacrificios y ofrendas, y entonces recibía de ellos todo lo que necesitaba para su subsistencia: el sol, el agua, el viento que transportaba las semillas, la lluvia, etc. Era un círculo constante: de los dioses hacia los hombres y de ellos hacia a los dioses otra vez.

Hay un hecho que, como europeos del siglo XXI nos produce un rechazo y es el del sacrificio humano que se practicó en algunas de sus culturas: el sacrificio humano servía para dar fuerza a los dioses; la muerte servía para dar la vida. La fuerza de los corazones humanos se traspasaba a los dioses, como si quisieran cargarles las pilas.

El arte tenía un papel muy importante, ya que se hacía en función de los dioses, para su mayor gloria. Tenían una gran arquitectura: centros ceremoniales que ador­naban con esculturas de piedra o barro y que a menudo también decoraban con pinturas en los muros, al mismo tiempo que dedicaban mucha atención a los objetos que acompañaban a sus muertos al más allá: cerámicas, joyas, piedras talladas...

Fueron muy hábiles porque no tenían demasiados medios para hacerlo: no conocieron el trabajo del metal hasta el siglo VIII; por lo tanto, sus primeros utensilios fueron de piedra o de madera. Tampoco usaron la rueda, que sí conocían, porque no les hacía falta, puesto que ya tenían los hombros de los porteadores para trasladar y cargarlo todo.

Es un arte que no representa el cuerpo humano como lo harían nuestros clásicos griegos y romanos, sino que quiere dar expresión a las ideas, a los conceptos, El artista no tiene interés por la apariencia externa de las cosas sino que se pregunta por el sentido escondido tras la apariencia material. Su intención es la de representar el universo tal y como es, y no tanto su imagen.

La estructura política de Mesoamérica está totalmente ligada al arte, ya que cada comunidad que vive en estas tierras da lugar, por su evolución social y política a la vez, a una cultura diferente que encuentra su ex­presión en el arte. Tenían muchas lenguas diferentes, sobre todo en el área al oeste del istmo de Tehuantepec, o sea la parte «mexicana», y en cambio eran mucho más homogéneas lingüística y culturalmente al este, en el área maya. Por el contrario, las tradiciones religiosas: eran comunes.

Se distinguen tres etapas que, en términos generales, conformaron la historia de Mesoamérica:

La Preclásica o Formativa, del 1800 al 100 a,C., que a su vez se divide en tres períodos: preclásico anti­guo (1800 - 1100 a.C.), preclásico medio (1100 - 300 a.C.) y preclásico tardío (300 - 100 a.C.). En esta etapa se dará el desarrollo de las aldeas y la eclosión de una primera gran cultura, la de los Olmecas.

La Clásica (100 a,C, - 900 d,C.). en la que una serie de culturas regionales llegarán a su momento culminante: la de Teotihuacán, en México central; la de los Zapotecas, en Oaxaca; la de Veracruz, en la Costa del Golfo, y la de los Mayas, Irán desapareciendo una tras otra, mientras que surgirán otras nuevas en la etapa siguiente.

La Posclásica (900-1521). en la que se desarrollaron los Toltecas, los Mixtecas y los Aztecas.

ETAPA PRECLÁSICA

Valle de México (Período preclásico antiguo). Se da a conocer esta fase en las localidades de El Arbolillo, Zacatenco y Tlatilco, las tres a orillas del antiguo lago de Texcoco, donde actualmente se asienta México DF. Eran poblados formados por cabañas muy sencillas que tenían las paredes hechas con ramas entrelazadas y arcilla, y el techo era de paja. Cerca de las mismas se han encontrado tumbas que contienen figurillas de barro modeladas con esmero y que representan seres humanos en las más variadas actitudes, Por su tipología se dividen en dos tipos diferentes: el de Zacatenea, con variedad de figuras de un gran realismo, pero de poca habilidad en su representación plástica (extremidades acabadas en forma de muñón, muslos muy gruesos, caretas esquematizadas y adornos hechos con trocitos de arcilla pegados: pastillaje); y el de TIatilco, en el que se encuentran fígurillas similares a las paleolíticas de Europa. Representan generalmente mujeres (lo que hace pensar en un culto a la fecundidad). que más tarde se convertirán en las denominadas pretty ladies (mujeres bonitas), más esbeltas, con peinados artísticos o hermosos tocados. Hay también algunas figuras de hombres vestidos y con barba. No se han encontrado figuras de dioses.

Olmecas (Período preclásico medio). En este mo­mento se produce una profunda transformación cultural que llegará a muchas zonas de Mesoamérica. La más importante fue en las tierras bajas, cubiertas de selvas y ciénagas, al sur del Golfo de México, entre Tabasco y Veracruz, donde surgirá la cultura Olmeca, considerada la «cultura madre» mesoamericana y que ofreció una serie de avances culturales muy importantes. Aparece por primera vez el centro ceremonial, lugar de culto donde viven los sacerdotes y en el que hay templos y otras construcciones sagradas. Los agricultores de la región van allí los días de mercado, así como los días de fiestas concretas, grandes ceremonias y peregrinaciones. Existen en La Venta y en San Lorenzo. Hay pirámides que son montículos artificiales de tierra compacta, también largas plataformas y plazas destinadas a las ceremonias.

Estos centros ceremoniales están hechos de tierra y otros materiales perecederos, ya que en la región donde viven no hay piedra; pero, en cambio, están guarnecidos con numerosos monumentos tallados en una piedra que se ha tenido que ir a buscar a un centenar de quilómetros de distancia.

La escultura en piedra es de dos tipos: la colosal, de piedra granítica, representada por una serie de cabezas que pueden tener hasta tres metros y medio de altura, con rasgos negroides (boca, ojos, nariz y sombrero tipo capucha). que se cree que representaban a sus dignatarios; y también de altares en forma de T adornados en la cara principal con altorrelieve en forma de cara de jaguar con la boca abierta, símbolo del interior de la tierra, de donde sale un personaje que lleva a un niño en brazos y que podría ser un sacerdote; y otros monumentos como las estelas. Aunque pretendía representar la realidad, fue una escultura mítica. De formas monumentales, parecía pesada, combinando formas compactas, cerradas, inscritas dentro de cubos, prismas y pirámides, con una presentación preferentemente frontal y simétrica.

El artista, a pesar de mostrar lo esencial, le confiere una impresión de vida, tensión y ritmo, por medio de unas proporciones muy bien respetadas.

El otro tipo es la pequeña escultura realizada con jade o con otras piedras duras, en la que se repite como una obsesión el tema del hombre-jaguar, expresado en todas las gamas imaginables de estilización, como felinización del hombre o como humanización del jaguar. Este jaguar, símbolo de la tierra y de la noche, también del poder, era omnipresente hasta el punto que a menudo se denomina a los Olmecas como «pueblo del jaguar». No debemos olvidar que tenían instrumentos muy rudimentarios para trabajarlas. Son personajes generalmente asexuados, con expresiones muy interesantes. Algunas de estas esculturas llevan inscripciones y fechas que parecen ser las más antiguas de Mesoamérica y que permiten creer que los olmecas fueron los inventores de un sistema de escritura «glífica» y de numeración que más tarde fue seguido y perfeccionado por los mayas.

El arte de los Olmecas se extendió más allá de sus fronteras, principalmente hacia el este hasta Costa Rica y hacia el oeste hasta Guerrero y el Occidente de México.

Occidente de México y Noroeste (Período preclási­co tardío). En los estados actuales de Calima, Jalisco y Nayarit y Guanajuato, que se mantienen al margen de las grandes culturas, este arte preclásico perdura hasta alrededor del 300 d.C. sin variaciones. Se han encontrado una serie de entierros que tienen como ofrendas mortuorias todo aquello que el difunto tenía en vida: metates (piedras para moler el grano), recipientes de cerámica y, sobre todo, figurillas de personas y de animales muy expresivas y que representan todos los aspectos del mundo que les rodeaba diariamente y de su religión, a menudo naturalistas o de un expresionismo moderado. No están policromadas. Entre las figuras humanas se encuentran guerreros, jugadores de pelota, personas deformes y enfermas, madres con sus hijos en brazos, mujeres embarazadas, etc. Y entre los animales se distingue el perro, que era el que conducía al difunto al más allá.

En esta exposición están muy bien representadas todas las variantes de figurillas de esta zona.

Cuicuilco. Muy cercanas a México DF se han encontrado unas estructuras arquitectónicas escalonadas que se convirtieron posteriormente en el primer centro religioso del altiplano mexicano, entre las que destaca una pirámíde, la primera en Mesoamérica. Tenía forma ovalada con una rampa de acceso al oeste y una estrecha escalera al este. Esta estructura fue la base de un templo de planta circular primero y cuadrangular después, de techo muy alto de dos vertientes, que guardaba únicamente la figura del dios y, delante de la misma, el recipiente que contenía el fuego «eterno» que se apagaba de manera ritual cada 52 años -al final de su siglo- y que, una vez pasados unos días a la espera de algún acontecimiento (terremoto, eclipse, inundación...) que les hiciese saber por parte de los dioses si la nueva época sería buena para ellos, se volvía a encender durante 52 años más. Quienes iban a venerar a la divinidad estaban obligados a permanecer al pie de la pirámide y a levantar los ojos hacia el santuario, para ver qué hacía allí arriba el sacerdote. Esta antigua pirámide se ha con­servado tan bien porque el volcán Xitle la cubrió con sus cenizas a principios de nuestra era.

ETAPA CLÁSICA (l00 a.C. hasta el 900 d.C.)

Está formada fundamentalmente por dos grandes culturas: la de Teotihuacán y la Maya. Las otras -Zapotecas, Totonacas y Huastecas- completan el mosaico desde puntos periféricos coetáneos de Mesoamérica. En esta etapa, la sociedad estaba ya totalmente estratificada. Había una aristocracia sacerdotal y militar, una clase intermedia de artesanos y comerciantes y el pueblo campesino. La casta sacerdotal propagaba una religión que tenía como dioses principales a Tláloc y Quetzalcóatl y todo un ritual muy complicado, que incluso podía llegar al sacrificio humano. También tenían conocimientos matemáticos, sistemas de calendario muy perfectos y escritura jeroglífica.

Teotihuacán. Su influencia llegó hasta el extremo norte de Mesoamérica (Bajío y Jalisco) y, por el sur, hasta Guatemala, El Salvador y Costa Rica. Es una cultura muy importante porque creó un gran centro ceremonial (Teotihuacán) totalmente de piedra. Es la ciudad mejor planificada de Mesoamérica. Tiene 20 km2 y está organizada alrededor de una gran avenida (la de los Muertos) que cruza la ciudad de norte a sur (3 km.) desde la plaza de la Luna hasta la Ciudadela.

En el centro de la avenida se encuentra la gran pirámide del Sol, que data del siglo 1 d.C. y que fue construida sobre una cueva subterránea, a la que se puede llegar por un largo túnel natural. Tiene 220 m de lado y 65 m de altura; y se compone de cuatro pirámides truncadas, cada vez más estrechas, una encima de otra, con los lados fuertemente inclinados, hasta llegar a la cima, donde había habido un templo, hoy desaparecido. Tiene el acceso por el oeste, formado por una escalera doble o sencilla, dependiendo del nivel que comunica la avenida con la cúspide. El tipo constructivo es sencillo: un núcleo de tierra batida está recubierto de una capa de piedras sin pulir mezcladas con tierra y mortero de cal, y finalmente una capa de cemento. Hay contrafuertes internos para evitar cualquier deformación del edificio. En las pirámides posteriores, el núcleo más sólido fue construido con pilares cuadrados o con cámaras de piedra rodeadas de tierra y piedras.

La pirámide de la Luna se parece a la del Sol, pero es más pequeña. Está rodeada de edificios, que son principalmente palacios y bases cuadrangulares, que crean un paisaje artificial pero ordenado y agradable a la vista.

Hacia el 200 d.C. se generaliza el módulo más típico de su arquitectura: el talud-tablero, que consiste en un espacio vertical -tablero- que estaba precedido por otro inclinado -talud- y que conformaron los lados exteriores de las pirámides, acentuando la horizontalidad pero introduciendo un elemento de juegos de sombras y luz que, a su vez, permitía ser decorado, ya fuera con esculturas de bajo o medio relieve o bien con pinturas.

La pirámide de Quetzalcóatl, que se encuentra dentro del recinto de la Ciudadela, es del s. 111 d.C. Fue una tumba real, ya que recientes excavaciones han descubierto los restos de más de 200 guerreros sacrificados. Sus taludes tienen las serpientes emplumadas, símbolos del cielo, y sobre los tableros se han realizado serpientes similares que tienen la cabeza en altorrelieve que alterna con Tláloc, el dios de la tierra.

Dentro del recinto de la ciudad solamente vivían los sacerdotes, en una serie de palacios (como el de Quetzal­papalotl) con un gran patio central rodeado de un amplio pórtico. En muchos de estos palacios se han descubierto pinturas murales, de una rica gama de colores brillantes y al mismo tiempo transparentes de gran calidad, que con un lenguaje simbólico nos muestran cómo pensaba y sentía aquella gente: se trata normalmente de temas religiosos (escenas rituales, procesiones de sacerdotes) que se acompañan de motivos florales y zoomorfos.

Alrededor del recinto sagrado llegaron a vivir hasta 85.000 habitantes, dentro de un riguroso trazado urbano.

La escultura es de dos tipos: monumental y monolí­tico uno, para presentar a los dioses principales (Tláloc), y pequeño el otro, principalmente hecho con cerámica. Son figurillas planas policromadas que representan a sacerdotes vestidos ricamente, mujeres con niños en brazos o guerreros con escudos. También hay muñecas de cerámica con las extremidades articuladas y atadas al cuerpo con cordeles.

La cerámica está representada fundamentalmente por vasos tetrápodos de forma troncocónica con tapa y decorados con pintura, que a veces parece esmalte, de motivos igualmente simbólicos. También tienen una rica artesanía de objetos de jade, principalmente las más­caras funerarias, impersonales e idealizadas, de cara triangular y boca entreabierta, que a veces se han recubierto con mosaicos de turquesas o de conchas, así como mosaicos, adornos de plumas y orfebrería.

Esta cultura tuvo una estructura teocrátíca. Fueron buenos comerciantes y sus productos se encuentran diseminados por toda Mesoamérica.

Teotihuacán, parcialmente destruida por un incendio hacia el año 650 d.C., fue poco a poco abandonada, de manera que hacia el año 750 d.C. no quedaba práctíca­mente nada de ella. Entonces llegaron allí los Toltecas, que procedían del norte de México. Entraron en contacto con la cultura teotihuacana y se convirtieron en sus herederos. Cuando fundaron su capital, Tula, pusieron en ella muchos elementos de Teotihuacán.

Mayas. Estaban situados al sureste de Mesoamérica, y vivieron en el Yucatán, parte de Tabasco y Chiapas, Quintana Roo, Guatemala, Belice, Honduras y El Salvador.

Esta cultura, que comenzó antes de la época clásica y acabó en la posclásica, tuvo sus mejores producciones artísticas dentro del área comprendida entre Palenque (Chiapas), Tikal (Petén) y Copán (Honduras), zona selvática que supieron transformar durante muchos siglos (900-1530 d.C.) en una de las más pobladas.

En la época preclásica, los mayas reciben influencias externas: de los Olmecas en Chiapas (Izapa) y también en las Tierras Altas de Guatemala (Kaminaljuyú). Recibi­rán de ellos cosas tan importantes como el calendario, la escritura y, sobre todo, el hecho de saber cortar la piedra, lo que les permitió construir los primeros centros cere­moniales (Uaxactún). En ese momento, la diferenciación social se fue precisando y el grupo inicial de brujos se convirtió en una clase superior de sacerdotes que se responsabilizó de la organización de las formas productivas, la distribución de los bienes y el control político y religioso. Por tanto, su función fue no sólo de intermediarios con las fuerzas naturales y las divinidades, sino también de dominio y explotación. Los centros ceremoniales se fueron integrando, y sobre las pirámides anchas y bajas, con escaleras en cada punto cardinal, se levantaron tem­plos sencillos que con el tiempo se convirtieron en una construcción de paredes de mampostería, conservando el tejado de palmas. Remataban el conjunto con esculturas monumentales, como estelas o altares. Estas estelas, que en un principio eran lisas y pintadas como las de El Mirador (100 a.C.) evolucionaron hacia el s. 11 d.C. Y tenían bajorrelieves y estaban datadas. Su función era la de glorificar a la realeza y a un rey concreto, señalando los hechos más importantes de su reinado (entronización, victorias, alianzas, sacrificios y penitencias) mediante sangrado con un punzón. Durante los primeros siglos de nuestra era, se manifiesta la tendencia de multiplicar los elementos decorativos hasta a invadir los lados de los monumentos: el rey de perfil; espaldas y barra ceremonial de frente.

En la época clásica, la cultura maya cristalizó des­pués de un proceso de consolidación llevado a cabo durante la etapa anterior. Se forma una teocracia que une estrechamente el aspecto religioso con el aspecto civil y que se sostiene gracias a los excedentes producidos por una clase trabajadora de campesinos y artesanos. Hay una explosión demográfica que se refleja en la fuerte expansión de los centros habitables y en el crecimiento de los que ya existían. Es el gran momento del comercio interno y externo. Sin embargo, los avances tecnológicos se orientan más hacia la satisfacción de la clase dirigente que hacia el beneficio popular.

Al comienzo de esta época, las pirámides son más sencillas y los santuarios o templos trasponen a la piedra la casa de los campesinos. Las paredes, muy gruesas, están coronadas por una cubierta en forma de pirámide truncada imitando la forma del tejado de una cabaña, y encima soportan además una gran cresta (cresteria) ricamente decorada con esculturas, destinada a dar altura al edificio. Las pequeñas habitaciones están cubiertas con la falsa bóveda maya. Raramente se encuentran ventanas.

En escultura predomina el conjunto altar-estela que se levanta delante de los recintos religiosos.

En el s. VI d.C. se produce un declive muy pronunciado e inexplicable en la fabricación de las estelas así como en la construcción pública. A continuación, entre el 600 y el 900 d.C., la actividad se retoma con fuerza. El arte llega a su apogeo. Se multiplican los templos y, sobre todo, los edificios bajos: los palacios. Cuando se quiere ampliar una construcción, se la engloba en otra más grande. Por esta razón, crece la diversidad, formándose estilos regionales que a su vez se dividen en subestilos.

Es la época de las grandes metrópolis religiosas de la región del río Usumacinta: Palenque, formada por una serie de edificios -como los templos de las Inscripcio­nes, del Sol, de la Cruz y de la Cruz Foliada-, así como también por el Palacio, que tiene una de las pocas torres de la arquitectura maya y un juego de pelota. Son edificios construidos con hormigón y que utilizan la falsa bóveda (el arco maya) para techarlos. Los templos se levantan sobre pirámides más bajas y anchas que en otros lugares mayas, y el edificio en sí mismo está formado por una doble hilera de celdas; el tejado tiene una lige­ra inclinación por el exterior, para que pueda aguantar las esculturas de estuco que lo decoran, tan típicas de esta ciudad (entablamento). I, por encima, la crestería mencionada anteriormente. Todo el conjunto, pirámide y templo, tiene una gran belleza y equilibrio. En el interior de la pirámide de las Inscripciones, el investigador Alberto Ruz Luiller descubrió en 1952 una tumba de un gran personaje (el rey Pacal) que iba muy engalanado con piezas de malaquita; la cámara funeraria tenía relieves de estuco, cabezas del mismo material y una gran losa llena de relieves que tapaba el sarcófago.

Piedras Negras es una ciudad que se caracteriza por la riqueza de sus dinteles de piedra, que están repletos de relieves. Y también Bonampak es importante por los frescos encontrados dentro de su templo y que represen­tan escenas de guerreros o rituales, que proporcionan una gran información de cómo vivía aquella gente.

Más hacia oriente encontramos la ciudad de Tikal, en la selva del Petén, donde vivieron unas 50.000 personas. Su plano concilia el crecimiento, la adaptación a la topografía irregular de la selva y la planificación. Hay tres caminos, dispuestos en forma de triángulo, que comunican entre ellos los principales grupos de edificios públicos y crean grandes perspectivas, por el contraste entre las altas pirámides y las estructuras bajas. En las plazas, y a intervalos regulares, se encuentran estelas que servían para señalar el tiempo.

En la época clásica tardía, la zona de la península del Yucatán presenta otra cara del arte maya. Es el arte Puuc, de la región del mismo nombre, situada en la parte occidental de Yucatán, caracterizado por el barroquismo de su arquitectura y también de la escultura que lo acompaña. Se materializa en edificios como el palacio de Sayíl o en el arco de Labná, donde se combinan las proporciones armoniosas y el equilibrio de los elementos que integran las fachadas: cornisas, cresterías, pequeñas columnas, figuras, máscaras del dios Chac y otros elementos decorativos. En Uxmal, una de las ciudades más importantes de la península, hay numerosos edificios muy importantes: el cuadrángulo de las Monjas, la casa del Gobernador, la pirámide del Adivinador... De todos ellos, puede decirse que los constructores supieron com­binar todos los recursos tradicionales del arte Puuc en unas composiciones monumentales y ricas que no crean en ningún momento ambientes cargados.

Hacia mediados del s. X d.C., los centros mayas de Petén y del Usumacinta fueron abandonados y cubiertos por la vegetación de la selva. Hay diferentes hipótesis para explicar este hecho: cambios climáticos, agotamiento de la tierra, etc. Pero lo que sí parece cierto es que hubo una serie de revoluciones y luchas del pueblo contra la casta sacerdotal que lo explotaba. La civiliza­ción maya solamente continuó en el norte de Yucatán -lo que se conoce con el nombre de época posclásica maya, o maya-tolteca-, con influencias de los toltecas del altiplano.

Todas las culturas clásicas de Mesoamérica murieron entre el s. VIII y el X d.C. Es el caso de Teotihuacán, Monte Albán y las ciudades mayas centrales. Muy pocas ciudades (Uxmal y ChichénItzá) pudieron sobrevivir a este colapso tan brusco.

De la herencia cultural de este mundo clásico se han perdido algunos elementos para siempre. Otros elementos dispersos de esta tradición fueron recogidos por los pueblos que les sucedieron, los cuales los incorporaron a las suyas, pero nunca alcanzaron el esplendor de sus predecesores.

Mencionamos brevemente la cultura de Veracruz central o de la Costa del Golfo, a pesar de que se podría considerar una cultura de menos importancia política y artística que las otras dos mencionadas anteriormente, pero en este caso hablaremos de ella ya que hay diversos ejemplares cerámicos de esta cultura en la exposición.

Se desarrolló al norte de la zona olmeca, en el área central de Veracruz, en las tierras bajas de la costa oriental. Durante la época clásica tardía ya empezó la construcción de la ciudad de El Tajin y la producción ceramista de figurillas, que son los dos tipos de arte más conocidos de esta cultura.

La época más importante de El Tajín se sitúa entre el 600 y el 900 d.C. Dedicados al dios de la lluvia, sus edificios tienen un aspecto ligero y elegante que se caracteriza por la variante local de los tableros de Teotihuacán: son los «nichos», adornados con grecas y otros dibujos geométricos. Los edificios se sitúan alrededor de plazas, sin ninguna planificación de conjunto, y además se han encontrado once juegos de pelota en todo el recinto. La pirámide de los Nichos, que tiene 35 m de lado y 25 m de altura, está formada por seis cuerpos superpuestos en sentido vertical decreciente decorados con este tipo de ventanas (nichos) hechas con piedras muy bien cortadas que conforman una especie de moldura a su alrededor. La escalera de acceso, en el lado oeste, también tiene cinco series de tres nichos colocados a intervalos regulares y que hacen un total de 365.

Las figurillas de cerámica están muy bien hechas: son vacías y representan personajes religiosos (sacerdotes, danzantes, jugadores de  pelota, actores de ritos diversos) realizados con estilo realista. Algunas están pintadas con betún (chapapote). Unas de las más conocidas son las llamadas caritas sonrientes, que son caras de niñas que tienen ojos asiáticos y la boca abierta en una sonrisa que deja ver muchas veces la lengua y los dientes. Las figuras enteras normalmente llevan en la mano una sonaja, en relación quizás con el rito de la fertilidad.

Otro aspecto interesante de esta cultura es la escultura de piedra, que presenta unas formas muy curiosas: hachas, yugos y palmas, que no se sabe con seguridad para qué servían, que podrían ser reproducciones de los atributos rituales utilizados por los jugadores de pelota y que estaban decorados con bajorrelieves. Hacia el final de la época clásica, momento de importantes cambios políticos y culturales que provocaron movimientos migratorios a través de Mesoamérica, estos elementos escultóricos se difunden hacia Chiapas, la zona del Pacífico e incluso hacia lugares más alejados de América Central; por este motivo encontramos hachas y yugos en Honduras, por ejemplo.

ETAPA POSCLÁSICA (900 hasta el 1521 d.C.)

Hay una ciudad, Xochicalco, que puede considerarse el punto de transición entre la etapa clásica y la posclásica: por un lado, es un bastión de la tradición cultural del altiplano mexicano, con influencias de Teotihuacán, de El Tajin, de Monte Albán y de algunos lugares del área maya (Copán); y, por el otro, ciertos elementos encontrados en la ciudad, como las mediciones del terreno de los juegos de pelota y una variante local del plafón (tablero), parecen haber influido en la construcción de Tula.

Mixtecas. Durante el posclásico, Monte Albán quedó desierto y se utilizó como necrópolis por parte de los mixtecas, herederos culturales de los zapotecas clásicos. Fueron los constructores de la ciudad de Mitla, constituida por una serie de edificios agrupados en cuadrángulos cerrados sobre sí mismos y dispuestos alrededor de unos grandes patios hundidos. Sus puertas, tanto las interio­res como las exteriores, se recubren con un mosaico de piedra de gran perfección técnica, formando las «grecas escalonadas», en marcadas por unos grandes plafones de evidente inspiración zapoteca.

Son grandes artesanos: bordan tejidos de algodón, hacen cerámíca con una decoración pintada de estilo realista, en la que aparecen temas zoomorfos en los que destacan las figurillas que representan a sus dioses prin­cipales; tallan madera y hacen joyas de oro y plata, como las famosas de la tumba n° 7 de Monte Albán, con dife­rentes técnicas como la de la cera perdida, el repujado o la falsa filigrana. Son también autores de manuscritos o códices, hechos con piel de ciervo o con papel de mate, y plegados como un acordeón, que tratan temas astronómicos, mitológicos o históricos a base de pictogramas dispuestos en forma de columnas o registros acompañados de glifos para los nombres y las fechas.

Los mixtecas ocuparon una gran región que va desde Oaxaca hasta los valles de Puebla y Tlaxcala, durante los últimos siglos anteriores a la conquista. Formaron el complejo «mixteco-puebla», que, junto con la influencia tolteca, constituyó una de las principales bases cultura­les posclásicas.

Toltecas. El comienzo «oficial» de la época posclásica se asimila a la fundación de Tula, al norte del Valle de México, en el año 967 d.C., por Quetzalcóatl. Este personaje de leyenda, dios y hombre, fue el protagonista de diversas tradiciones orales indígenas todavía vivas en el momento de la conquista española; una de las más conocidas dice que era hijo de un caudillo bárbaro chichimeca y de una princesa de pueblos civilizados, y que fundó Tula para vengar la muerte de su padre a manos de estos últimos; otra dice que Quetzalcóatl era un hom­bre blanco y con barba, hecho insólito en Mesoamérica, que encarna los conceptos de bondad, espiritualidad, arte y cultura, que por culpa de la maldad del dios Tezcatlipoca se fue de Tula y murió un dia de los llamados «Ce-Acatl», habiendo prometido antes que volvería un dia del mismo signo. Durante dos siglos, pues, Tula fue uno de los principales focos culturales de Mesoamérica y extendió sus fronteras hasta Sonora y Tamaulipas al norte, y hasta Yucatán al este, donde provocó el «renaci­miento» maya-tolteca (Chichén Itzá).

El arte tolteca no se inspira solamente en algunos elementos de Xochicalco o en reminiscencias culturales de Teotihuacán, sino que se presenta como la expresión de un pueblo joven, fuerte y guerrero a la vez, que fue creador en muchos aspectos.

Tula, como centro ceremonial, no es tan majestuosa como Teotihuacán, por ejemplo; sin embargo, tiene muchos elementos nuevos, corno la columnata que rodea el templo de Tlahuizcalpantecuhtli o los pilares-atlantes que se levantan encirna de la plataforma y que representan a los Mimixcoa (prototipos de guerreros) y otras columnas en forma de serpientes emplumadas. La plaza central estaba rodeada de pirámides, palacios y de un juego de pelota. Había otros en diversos lugares de la ciudad. También utilizaron la pintura para decorar la parte baja de las paredes interiores de los palacios, como en Teotihuacán, con representaciones de procesiones de sacerdotes, etc. También utilizaron la escultura exenta (Chac Mool, portaestandartes) y el relieve para decorar sus edificios.

Mayas- Toltecas. Con la migración de los toltecas al Yucatán, se produjo un arte maya-tolteca representado principalmente en Chichén Itzá, donde los toltecas dominaron durante dos o tres siglos. Allí se fundieron elementos que eran de la herencia Puuc local con los que provenían del repertorio tolteca. Es más una yux­taposición que una fusión, porque aunque se utilicen conjuntamente en algunos edificios, cada uno de los elementos de ambas tradiciones es claramente identificable. Por ejemplo, el Caracol, que era un observatorio astronómico colocado sobre grandes plataformas artifi­ciales, tiene elementos mayas (máscaras del dios Chac) y elementos toltecas (escaleras de acceso adornadas con serpientes). De hecho, Chichén Itzá es mucho mejor en calidad y más grande que su metrópolis, Tula, y para conseguir esto se sirve de gran cantidad de esculturas exentas, bajorrelieves y pinturas murales de temas gue­rreros que simbolizan el nuevo espíritu militarista que gobernó a partir de entonces en Mesoamérica.

La iconografía es, por lo tanto, de inspiración mexica­na, de Tula y de Teotihuacán: frisos de águilas y jaguares devorando corazones; jaguar-serpiente-pájaro con cabe­za humana; escenas de decapitación relacionadas con el juego de pelota. Todos estos temas se caracterizan por la rigidez y la geometrización de las formas.

Dentro del cenote (pozo sagrado) de Chichén Itzá, se han encontrado gran cantidad de objetos de oro, al­gunos de ellos importados de América Central, donde se encuentra el origen de la metalurgia mesoamericana.

Sus decoraciones incisas, repujados o a la cera perdida ilustran temas a menudo mexicanos, ejecutados en un estilo que casa felizmente las aportaciones mexicanas y mayas.

Aztecas o Mexicas. El siglo XIII está marcado por las guerras y la irrupción de grupos de chichimecas que se mezclaron rápidamente con los autóctonos. Y aparece una cultura nueva, la de los aztecas, que fueron el último grupo de habla náhuatl que llegó al valle de México, a la vez que hay una nueva ola de movimientos migratorios por toda Mesoamérica que llega a una parte de América Central.

Es la última cultura indígena antes de la conquista española. Se establecen en el año 1325, después de pasar por una serie de vicisitudes en unos islotes pantanosos del gran lago de Texcoco, que aún ocupaba el centro del valle de México, según la predicción realizada anteriormente por su dios Huitzilopochtli, que decia que debían establecerse allí donde vieran una serpiente encima de un nopal. Actualmente es el emblema de la nación mexicana. De este islote, mediante el sistema de chinampas (cesto-jardín que hacían para ganar espacio cultivable en el agua), los aztecas harán surgir en dos siglos su capital Tenochtitlán, ciudad lacustre única, que acabó uniéndose con Tlatelolco y que llegó a tener entre 200.000 y 300.000 habitantes en el siglo XVI.

El recinto sagrado de la ciudad estaba formado por 72 templos, de entre los cuales destacaba el Templo Mayor o Teocalli, de unos 100 m de altura, formado por dos pirámides juntas y coronado por dos templos, dedicados a Huitzilopochtli y a Tláloc, y delante del mismo, la gran piedra de sacrificios (Piedra del Sol) sobre la gran escalinata de doble acceso. Allí, según nos cuentan los cronistas españole, eran sacrificados centenares de personas diariamente, ante el pueblo que se lo miraba desde abajo, en medio del incienso y la música. Muy importante era también el Templo de Que tzalcóa ti , de planta circular, tejado cónico y almenas en forma de ca­racol, y un tzompantli (o altar de calaveras). Fuera del recinto había edificios destinados a la comunidad y las casas de los nobles, de los ricos, de los funcionarios y de los comerciantes; las chinampas, las milpas (trozos de tierra para cultivar, de propiedad familiar), junto con las casas del pueblo, estaban en la periferia. La sociedad azteca estaba muy estratificada: pilli o nobles; clases intermedias (de artesanos y comerciantes); y machuma­les, o clases inferiores.

La arquitectura de Tenochtitlán fue muy destruida, porque las piedras de sus monumentos fueron utilizadas de nuevo por los españoles para edificar la nueva ciudad.

A pesar de todo, en los últimos tiempos se han encontrado vestigios importantes, especialmente los del templo Mayor, entre la Catedral y el Palacio de Gobierno, ya que allí se ha descubierto cómo era arquitectónicamente el templo, además de restos de escultura realmente valiosos, que demuestran, por un lado, la perfección que alcanzaron y, por el otro, el hecho de que tenían un estilo propio, reflejo de su concepción del mundo: dramática y severa, con muchos símbolos, a veces muy realistas. Son piezas típicas y, a su vez, únicas: la Piedra del Sol o Calendario azteca, con símbolos dispuestos en círculos concéntricos que representan las cuatro épocas del mundo; y la Coatlicue, que concentra gran cantidad de símbolos y los reúne bajo una apariencia monstruosa: es la representación de la cruda realidad (es matriz y tumba al mismo tiempo).

La escultura estaba al servicio del culto y a menudo estaba integrada dentro de la arquitectura: frisos historiados, placas de relieves empotradas en los muros, cabezas de serpientes al final de las escaleras...

Son también grandes artistas en artesanías, como por ejemplo mosaico, realizado con turquesas, conchas y perlas que se colocaban en cráneos, máscaras, figuras de animales...; arte plumario, muy vistoso y rico en colores, que se utilizaba en las indumentarias de guerra (capas, escudos, sombreros...); talla de madera, hecha con mucho acierto (tambores); trabajo del oro y de la plata que obtenían de pueblos servidores suyos. Los orfebres vivían en Azcopotzalco y fabricaban pectorales, narigueras, diademas, etc. con el sistema de la cera perdida, con el del repujado y con el del chapado del oro y el del cobre; trabajo del cristal de roca, con el que, a pesar de su dureza, hicieron cráneos, esculturas de animales y vasos, sin perder de vista que no tenían herramientas adecuados para cortar.

De la época azteca hay monumentos en otros lugares de México: Calixtláhuaca, con un templo redondo dedicado a Quetzalcóatl; Malinalco, con un templo también redondo pero excavado en la roca; Tenayuca, con una gran pirámide; y TIatelolco, con su templo mayor. Todos ellos son lugares decisivos para encontrar estos monumentos, Debemos tener en cuenta que las pirámides que sostenían los templos se agrandaban a base de los sucesivos recubrimientos ordenados por cada rey. Tena­yuca tiene ocho ampliaciones y el Templo Mayor, trece. y también debemos tener presente que consideraban el cielo corno la parte superior de los templos (los tejados) y, en cambio, su interior era como una caverna o el interior de la tierra.

Para entender su arte, deberíamos ponernos dentro de su pensamiento y tener muy en cuenta que para ellos hacer la guerra era una forma de culto y que el sacrificio humano era necesario para la renovación de las fuerzas divinas, como ya explicábamos al comienzo de este catálogo. Por este motivo instituyeron la «guerra florida», según la cual, y de acuerdo con algunos enemigos tradicionales como los tlaxcaltecas, los prisioneros del otro bando eran sacrificados. Este carácter violento y dramático se refleja en el arte azteca.

Tuvieron una extraordinaria capacidad de asimilación, que utilizaron para hacerse suyos elementos culturales de otros pueblos, fundiéndolos en una formidable sín­tesis artística que se manifiesta de manera ejemplar en la escultura.

La cultura azteca se acabó como las que la prece­dieron, pero más rápidamente, ya que fue destruida por Hernán Cortés en 1521.